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Transfromación | Grupo Gutiérrez Cabrero
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Os dejo aquí algunas referencias en torno al tema que estuvimos tratando hoy en clase.

La primera de todas es la ciudad de Gibellina del artista Alberto Burri, no os cuento nada sobre él, porque supongo que todos le conocéis. Esta sería una “referencia anterior”, porque creo que el proyecto de Peter Eisenman en Berlín y en Santiago… pues tienen algo que ver con esto, no creeis¿?

Y por último la ciudad de las artes de Santiago de Compostela, donde se manifiesta de una manera clara el tipo de relación con el suelo y el paisaje que comentamos.

Espero que os sean de utilidad.

 

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El Mundo es artificial. Es artificial en tanto en cuanto sus pobladores lo han ido modificando en el devenir de los tiempos. Desde el Paleozoico, los animales que vivían en la Tierra fueron variando los condicionantes originales para adaptarlos a su necesidad de subsistir, creando nidos, madrigueras o enjambres. Con los homínidos, ya en el Cenozoico, se pasa a habitar y modificar cuevas y refugios naturales con el único pretexto de sobrevivir en un clima hostil. Sin embargo, la verdadera modificación del mundo natural-original comienza con la sedentarización del hombre y la necesidad de habitar un lugar de manera continua. Ello implica la construcción de un refugio artificial, en contraposición con los refugios naturales o cuevas empleados hasta entonces, lo cual implica un impacto en el medio, mayor según más se irá conociendo la técnica de la construcción; hasta llegar al momento actual, en el cual es difícil encontrar un lugar en el Mundo en el que no haya construcciones humanas próximas.

El Mundo es artificial en tanto en cuanto sabemos que hubo un momento en el que no lo fue. El conocimiento que posee la humanidad depende en gran medida de los hechos que estén documentados físicamente, lo que está ligado intrínsecamente a la utilización del lenguaje escrito. Desde la invención de la escritura cuneiforme, hace 6000 años, confiamos en que los hitos de la humanidad están documentados en mayor o menor medida, y atribuimos a ello un primitivo estatuto de verosimilitud. Por tanto, todo lo que no es puramente lenguaje escrito, no puede ser considerado como conocimiento de primer orden, sino que pertenece a un segundo orden protagonizado por las reconstrucciones, simulaciones, interpretaciones, estudios, dataciones, etc.; que dependen en gran medida de los avances de la tecnología del momento en que nos encontremos. Actualmente, depositamos gran confianza en nuestra situación científico-técnica, fruto de siglos de trabajo y continua evolución; y por ello acercamos este segundo orden de conocimiento al primero.

Por tanto, para llegar a conocer lo ocurrido en todo ese tiempo oscuro pre-histórico, se hace necesario indagar en busca de restos arqueológicos o paleontológicos. Estos restos se encuentran en el terreno, en desconocidas ubicaciones, a desconocida profundidad y en desconocido estado de conservación; además de su desconocida existencia. Por ello, el hallazgo de un yacimiento resulta crítico e imprescindible para poder especular sobre el pasado; lo cual le otorga una autoridad sobre el resto de terrenos “baldíos”.

Este tipo de suelos indefinidos e indeterminados, cuya determinación va aumentando a medida que se va avanzando en su excavación, constituyen una superficie dinámica y cambiante a lo largo del tiempo. Si resulta preciso situar un cuerpo extraño (máquina-edificio) sobre la excavación, parece necesario que este elemento sea capaz de transformarse a la misma velocidad que el suelo, que se pueda trasladar superficialmente y en altura, y sobre todo que sea ligero, para que afecte lo mínimo al terreno situado bajo él. En definitiva, la dialéctica entre suelo valioso, como naturalidad desconocida; y máquina superior, como artificialidad creada por el hombre; debe ser estable, sin que la máquina destruya el organismo, pero sin que cobre tan poco desarrollo que no sea posible ser utilizada como máquina.

Límite fluctuante entre máquina y organismo

Límite fluctuante entre máquina y organismo